... sorpresas te da la vida.
Estoy muy cansada. Pero mucho. Lo noto por la resistencia que opone mi cuerpo al despertador. A las siete de la madrugada soy un cuerpo inerte y aerofantástico. Un mineral. Y por mucho que me empeñe, no lo puedo evitar. Pero lo malo no es eso... ¡Ya todo fueran inercias! Lo verdaderamente preocupante es cuando mi hija, con voz firme y despejada, me grita: ¡Levántate, que tienes que ir al colegio!
Me suena haber vivido eso antes... ¡Pero no sé en qué momento! A lo mejor es un simple dèjá vú... Se lo preguntaré mañana. Aunque yo no sé hablar francés, por tanto, es altamente improbable que me ocurra algo en ese idioma... ¡Todavía si fuera en italiano, o en inglés! Pero me da que allí no existen esas cosas. He llegado a la conclusión de que los franceses son los más paranormales de todos.
Lo que sí está claro es que estoy en pleno fenómeno extranatural. Con el miedo que me dan esas cosas... ¡y mira que pasarme justo a mí! Creo que me estoy convirtiendo en la mujer menguante. Y un día de éstos, cuando menos me lo espere, va a aparecer mi hija para darme el biberón. ¡No es justo! Con lo que me ha costado crecer...
Me iré al limbo de un momento a otro. Sin despedirme. Porque no sabré hablar... y además, tendré la chupa puesta. ¿O volveré a París con la cigüeña para aprender a decir glace de chocolat? Sólo espero que allí las cunas sean de látex. ¡A ver si consigo dormir de una vez! Y regresaré a mis orígenes contenta, porque mi vida ha sido un deceso de virtudes.
En otro orden de cosas, yo misma no me he portado mal del todo. Y en especial con los italianos. Todo empezó cuando una italiana, amiga de un amigo, le pidió un favor: enviar una becaria de Erasmus para hacer prácticas en mi colegio. Yo sólo tenía que preguntar si interesaba. Me sentí sumamente dichosa. Una preguntita de nada y mi buena acción del día estaría resuelta. ¡Qué menos que preguntar! ¡Faltaría más! Y los jefes me dijeron que sí...
Qué alegría. No sé ni cómo ni cuándo, pero desde febrero estoy inmersa en el más regocijante y prolijo papeleo. Primero me llegó un contrato en inglés. Después uno en italiano. Más tarde hizo falta una firma electrónica del jefe. Se envió. La firma no sirvió, tenía que ser manufacturada como las de siempre. Una vez enviada la firma hizo falta el sello. Se envió el sello, la firma y el contrato. Pero hacía falta un tutor. La tutora, obviamente, tenía que ser yo. Porque todos los italianos de esta isla están en la playa o pendientes de juicio. Pero entonces hizo falta un contrato laboral. Resuelto el tema del contrato, había que encontrar alojamiento porque Valentina estaba a punto de llegar.
Valentina está en mi casa desde hace un par de días. Y aquí se quedará si, durante los próximos tres meses, no encuentra un lugar donde vivir. Y yo me pregunto: ¿No era sólo una pregunta...? ¿En qué preciso instante me perdí? Gracias a mis compatriotas y al señor Erasmus tengo el cupo de mis buenas acciones saturado. Lo que pasa es que ahora, por las mañanas, hay dos voces que me gritan con voz firme y despejada: ¡Levántate, que tienes que ir al colegio! Mi fin está próximo, lo intuyo.
Y es por eso, que de tanto hacer el bien, no me queda casi tiempo de escribir ni comentar. Pero no importa. Alguien me las pagará. Mis buenas acciones...
PD.- Valentina es un encanto.
ELLA
Hace 1 día

















